jueves, 27 de mayo de 2010

Soy mi dios

"¿Viste que hay personas que es como que nacieron para estar en pareja y otras que nacieron para estar en quilombos nada más? Porque creo que yo soy de las segundas". Me dijo eso, y me hizo pensar. Es cierto que a veces veo una persona e inmediatamente pienso que nació para estar acompañada. O, por el contrario, que nació para estar sola. ¿Me vas a decir que nunca te pasó? Pero es bastante triste pensarlo así. Porque son categorías excluyentes. Y además... ¿tenemos que haber nacido para algo? Yo no creo en ningún dios, ni en el destino, ni en una energía superior, ni en nada que se le parezca. Creo, por decirlo de alguna manera, en las células que me componen, que nos componen. Y, como todos sabemos, las células no tienen propósito; sólo tienen causas, y sus respectivas consecuencias. No hay propósitos en la ciencia, y, si lo querés ver de esta manera, la ciencia viene a ser mi religión. ¿Cómo podríamos haber nacido para algo, si para que exista un propósito tiene que haber una intención? ¿Qué o quién tuvo esa intención, quién dijo que yo existo para lograr x cosa? 
A veces me gustaría creer en alguna especie de ente superior. Sería mucho más fácil. Pero después me acuerdo de que en realidad la que maneja mi vida soy yo, nadie más que yo. Y si bien sería más sencillo existir basándome en que todo lo que me pasa es porque alguien ya lo definió así, me resulta más placentero saber que todas las cosas que logré, las conseguí por mi propio mérito. Que de alguna manera merezco lo que me pasa, porque es lo que construyo. 
La gente que me rodea es la que yo fui juntando por el camino. Las cosas que hago, las cosas que digo, son lo que yo decido. Lo bueno y lo malo. Todo. Lo que pienso, lo que siento; es lo que yo construyo día a día, tomando lo que tengo y fabricando lo que me falta. Dejando ir un par de cosas y agarrándome con más fuerza a algunas otras. 
Si yo fuera mi dios, hoy me haría sentir amarilla. Amarilla, porque soy mi propio dios. Todos lo somos. Por eso hoy voy a decir: que me siento amarilla, que quiero sentirme amarilla, y que así estoy bien. Muy bien. Porque las cosas que cambiaría de mi vida, después de todo... Las puedo cambiar. Ok, no puedo viajar en el tiempo. Y como no puedo, no voy a lamentarme hoy por ayer, cuando sé que entonces mañana voy a querer volver al día de hoy para dejar de lamentarme. Y no voy a poder. Basándome en esto, decido sentirme amarilla, como el sol. 
Soy un sol redondo, brillante, intenso, que ilumina mi día. Soy un sol que trae alegría, soy mi dios.

1 comentario:

  1. Bueno ya lo hablamos brevemente ayer, pero ahora te dejo el comentario que pensaba dejarte pero estaba demasiado quemado cerebralmente para hacerlo.

    Como vos, yo no creo que exista algo superior que reine sobre las vidas de los seres humanos, pero sí estoy convencido de que la voluntad del hombre tiene algo que ver en lo que le pasa. Quizás no pueda regirlo todo cual si fuéramos nuestros propios dioses, pero algo hace, las cosas no pasan por meras coincidencias, algo de nosotros busca lo que le sucede y en muchos casos tiene éxito, aunque no se de cuenta. En definitiva, creo que somos responsables por lo que nos pasa.

    Por otro lado, veo que sos bastante pro-ciencia, pero permitime que te recuerde que aunque yo banco a la ciencia, ésta es en esencia una forma limitada que tenemos de explicar la realidad mediante racionalizaciones, no diferente en sus basamentos a los mitos y la religión. Sucede que la ciencia dispone de un método que la hace ser objetiva (o apuntar a serlo), pero parte de la misma limitación filosófica humana de estar sujeta a nuestra capacidad para percibir el entorno que nos rodea, o de nuestra capacidad para construir artefactos que nos permitan conocerlo de otra manera, aunque siempre dentro de nuestras limitaciones técnicas y sensoriales.

    En definitiva, no podemos salir nunca del círculo de la ignorancia que subyace al reconocer que puede ser todo una gran ilusión y podemos estar pasando por alto (seguramente lo hacemos) muchísimos aspectos de la "realidad" que somos incapaces de percibir o medir con los instrumentos de los que disponemos hoy en día.

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