A mí me encanta andar a caballo. Pero me gustan los caballos de club, o los de familia, y no los de alquiler (como los que están en la playa, por ejemplo), que no quieren alejarse de sus dueños y galopan si y sólo si están volviendo a su lugar de descanso.
En ese sentido, creo que soy como un caballo de alquiler: necesito una gran amenaza -o una gran recompensa- para salir al galope. Si no, voy al paso por la vida; quizás en algún momento salgo al trote y en otro freno al costado de la ruta, pero no me apuro.
Y no se aplica sólo a la velocidad a la que vivo. Se aplica al esfuerzo que imprimo en lo que hago, a mis relaciones con las personas, a cuánto me muevo por conseguir lo que quiero, a la intensidad con que vivo los momentos. Se aplica, en definitiva, a mí, tanto a mi forma de ser como a mi forma de hacer.
En ese sentido, creo que todos somos como caballos de alquiler: por más fuerte que te peguen, si no querés correr no siempre vas a hacerlo, y por el contrario, por mucho que te tiren de las riendas, cuando estás llegando a donde querías, vas a galopar. Claro que la manera de recorrer el mientras tanto, cuando ya te alejaste del descanso y todavía falta para volver, varía mucho de persona a persona. Yo digo que soy como un caballo de alquiler porque a veces necesito un buen fustazo para empezar a trotar. Habrá gente más sensible a eso, que ante un golpe más chiquito ya sale al galope; y habrá también gente que necesite de incentivos más intensos que los que necesito yo.
En fin, en eso andaba pensando hoy.
Y ahora me voy a estudiar, que si no empiezo ahora no empiezo más. Y biología y sociedad y estado no es una buena combinación.

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