lunes, 31 de mayo de 2010

Cantar conmigo

Si antes de empezar a leer querés escuchar un buen tema, estás a un click de distancia.

¿Me creerías si dijera que una emoción puede teñir toda una vida? Hoy lo digo. Hoy lo grito. Hoy lo canto. 
¿Por qué callar lo que sentís? ¿No te enorgullecen las sensaciones que fuiste creando? Y si no lo hacen... ¿por qué no las modificás? Sos libre, tan libre como yo. ¿Querés saltar? Buenas noticias: podés. ¿Querés reír? ¿Querés llorar? ¿Querés cantar conmigo? Vení, te dejo. Y que a este canto se unan todos. Porque todos podemos.
Hoy amo la vida porque puedo amarla. Hoy me siento amarilla, y no me lo callo. Si a fin de cuentas todo da lo mismo, ¿para qué vivir mal cuando puedo decidir estar bien? 
Como decía: hoy me siento amarilla, y no me lo callo.

¿...?

¿Quién sos?
¿Lo sabés? ¿Alguien lo sabe?
¿Quién fuiste? ¿Quién vas a ser?
¿Tenés respuesta para la incesante duda que es el tiempo?
Y si lo supieras... ¿tendrías el valor de decirlo en voz alta?
¿Admitirías quién fuiste?
¿Revelarías quién sos?
¿Me contarías quién serás mañana?

¿...lo haría yo?

sábado, 29 de mayo de 2010

Tiempo

Un instante que dura por siempre, ¿es un instante, o es eterno? Los recuerdos, esos que no se borran, ¿son sólo memoria, o son también presente? ¿Es presente la memoria? ¿Es pasado el olvido?

Memorias tuyas

Fuiste luz y fuiste sol
¿Qué nos pasó?
Hoy extraño ese lugar seguro que era tu abrazo
Te recuerdo con un sabor amargo en la boca
¿Será el tiempo? ¿Será el olvido?
¿Será pasajero?
Si una nube opaca mi día
¿Tengo que desesperarme? ¿Tengo que entender?
¿Tengo que dejar de brillar porque tu resplandor se fue con el viento?
Quise entregarme a la luz
Y después quise entregarme a la sombra
Y en este claroscuro hoy no te veo
Por más que te busque, no te encuentro
Pero no quiero encontrarte
Ya no quiero buscarte, no quiero.
Y si me miraras ahora, descubrirías
En mi mirada una sombra oscura
Verías los restos de lo que fuiste
Verías el sueño de lo que podrías haber sido
Y verías el reflejo de lo que hoy soy.
Pero sospecho que no querés mirarme
No querés encontrar mis ojos cansados
No querés ver lo que la tormenta dejó
Porque los restos duelen, igual que los recuerdos
Duelen como espinas
A la vez que alumbran como un sol.

Dudas y sombras

La incertidumbre es ese sentimiento que te desespera, te inmoviliza, te ata y te desata de todo y de nada, te hace dar mil vueltas y no llegar a ningún lado. Si el conocimiento es la base de la acción, puedo decir que la incertidumbre es, entonces, la base de la no-acción. Y la no-acción es desesperante. Lo dinámico llama, mientras que lo inmóvil atonta. Cuando sabés lo que querés, lo que va a pasar, lo que vas a decir, podés hacerlo. Cuando no sabés... ¿qué podés hacer, más que esperar? Podés intentar, claro. Pero es arriesgado, y muchas veces da miedo. Intentar hacer cosas sin saber qué resultado van a tener es mi enemigo por excelencia. Necesito tener mi vida organizada, necesito saber las cosas; necesito saber lo que pienso, lo que está pasando, lo que sienten los demás; necesito tener un plan. Eso no significa que me guste caer en la rutina, no: me gusta correr riesgos, me divierte romper con las estructuras. Pero también me asusta, me estresa. Porque vivo pensando en lo que va a pasar, y si no lo sé, tiemblo. Me rompo, me caigo; no puedo. 
No soy flexible, no puedo doblarme tanto frente a las circunstancias. Sé que hay gente que lo hace, que le resulta natural, pero yo no soy así. Me encantaría, pero no me sale. Soy rígida, controladora, intolerante, no me gusta que las cosas se salgan de mis manos. Y menos cuando esas "cosas" implican mi vida. 
Habiendo dicho esto, puedo decir que hoy no fue un mal día, después de todo. Bailé, escuché música, cené con alguien que quiero, vi a varios amigos... Definitivamente, no fue un mal día.

jueves, 27 de mayo de 2010

Soy mi dios

"¿Viste que hay personas que es como que nacieron para estar en pareja y otras que nacieron para estar en quilombos nada más? Porque creo que yo soy de las segundas". Me dijo eso, y me hizo pensar. Es cierto que a veces veo una persona e inmediatamente pienso que nació para estar acompañada. O, por el contrario, que nació para estar sola. ¿Me vas a decir que nunca te pasó? Pero es bastante triste pensarlo así. Porque son categorías excluyentes. Y además... ¿tenemos que haber nacido para algo? Yo no creo en ningún dios, ni en el destino, ni en una energía superior, ni en nada que se le parezca. Creo, por decirlo de alguna manera, en las células que me componen, que nos componen. Y, como todos sabemos, las células no tienen propósito; sólo tienen causas, y sus respectivas consecuencias. No hay propósitos en la ciencia, y, si lo querés ver de esta manera, la ciencia viene a ser mi religión. ¿Cómo podríamos haber nacido para algo, si para que exista un propósito tiene que haber una intención? ¿Qué o quién tuvo esa intención, quién dijo que yo existo para lograr x cosa? 
A veces me gustaría creer en alguna especie de ente superior. Sería mucho más fácil. Pero después me acuerdo de que en realidad la que maneja mi vida soy yo, nadie más que yo. Y si bien sería más sencillo existir basándome en que todo lo que me pasa es porque alguien ya lo definió así, me resulta más placentero saber que todas las cosas que logré, las conseguí por mi propio mérito. Que de alguna manera merezco lo que me pasa, porque es lo que construyo. 
La gente que me rodea es la que yo fui juntando por el camino. Las cosas que hago, las cosas que digo, son lo que yo decido. Lo bueno y lo malo. Todo. Lo que pienso, lo que siento; es lo que yo construyo día a día, tomando lo que tengo y fabricando lo que me falta. Dejando ir un par de cosas y agarrándome con más fuerza a algunas otras. 
Si yo fuera mi dios, hoy me haría sentir amarilla. Amarilla, porque soy mi propio dios. Todos lo somos. Por eso hoy voy a decir: que me siento amarilla, que quiero sentirme amarilla, y que así estoy bien. Muy bien. Porque las cosas que cambiaría de mi vida, después de todo... Las puedo cambiar. Ok, no puedo viajar en el tiempo. Y como no puedo, no voy a lamentarme hoy por ayer, cuando sé que entonces mañana voy a querer volver al día de hoy para dejar de lamentarme. Y no voy a poder. Basándome en esto, decido sentirme amarilla, como el sol. 
Soy un sol redondo, brillante, intenso, que ilumina mi día. Soy un sol que trae alegría, soy mi dios.

viernes, 21 de mayo de 2010

Verde esperanza

¿Viste cuando de repente sentís algo tan estúpido como que "todo va a estar bien"? Porque a mí me está pasando, y no sé qué hacer conmigo. Sinceramente, no sé cómo explicarme que algo así no puede ser verdad. Es imposible que todo esté bien. Pero aunque soy consciente de eso... sigo pensando lo mismo.
Es raro, sentir cosas positivas. Sentir que la vida, después de todo, es copada, y no es esa hija de puta que día a día me tira para atrás. Es raro y es lindo. Pero lo malo es cuando la vida me cae sobre la cabeza, como un piedrazo. "Soy una forra", pareciera decirme. "Me odiás, ¿no te acordás?" 
Pero mientras me siento positiva... Me siento bien. Me siento libre. Son esos momentos en que digo... Mierda, que vale la pena estar viva. No tengo idea de por qué vale la pena. Pero está bueno. 
Y ahora mejor voy a ducharme de una vez. Tengo que aprender a dejar de querer hacer muchas cosas al mismo tiempo porque termino no haciendo ninguna bien. O subo algo al blog, o me ducho, o me voy a tango. Todo no puedo.

jueves, 20 de mayo de 2010

Enid Merle

Estaba leyendo un libro cuando de repente encontré esto:
"Enid se recordó que el dolor de la pérdida era un sentimiento que la había acompañado toda la vida. Era una nostalgia por algo que siempre se le había antojado que estaba fuera de su alcance. Se trataba sencillamente de la condición humana, pensó Enid. Existían preguntas inherentes a la propia naturaleza del ser vivo que no se podían responder, sólo cargar con ellas."
 Quinta Avenida, por Candace Bushnell, p. 27. 
Y me puse a pensar... Es verdad lo que Enid creía.
Hay millones de preguntas que no puedo contestarme. ¿Alguien tendrá las respuestas a todas esas preguntas? No creo, pero en realidad no tengo la menor idea.
Lo que sí sé es que a veces pienso demasiado. 

Llave nueva

Cuando me levanto de la siesta, suelo no entender nada.
Pero si encima me despierto porque alguien tocó el timbre porque en mi puerta hay un bombón que me está dando una llave para que yo pueda entrar a mi casa... ¡Entiendo menos todavía!

¿Qué ves cuando me ves?

Hoy iba caminando por la calle cuando de repente me di cuenta de algo espantoso. Nunca voy a poder saber cómo me veo. Desde afuera, digo. Porque puedo verme en una foto, o en el espejo. Pero no hay manera de abstraer mi mirada de mi persona al punto de saber cómo soy a través de los ojos de los demás. Y eso siempre me mató de curiosidad. Creo que a todos nos pasa. ¿O no? ¿No te intriga saber qué piensa la gente cuando te ve pasar? ¿Cómo te ves cuando te vas de algún lado? ¿Cómo son tus expresiones cuando abandonás la fría seguridad del espejo? 
Quiero saber cómo soy cuando me muevo, cuando hablo, cómo se ve mi pelo cuando camino, qué forma toma mi espalda cuando no estoy consciente de ella. Cómo se curvan mis hombros cuando escribo, cómo se arquea mi cuello cuando leo algo, cómo se mueven mis pies cuando camino, de qué espástica manera mis brazos van flameando, intentando seguir mi ritmo, cuando corro. Quiero verme reír, quiero verme llorar, quiero verme ser. Quiero verme.
También quiero escucharme. Quiero saber cómo suena mi voz cuando cuento algo que no me importa demasiado, cómo resuenan mis gritos, cómo se escuchan mi risa y mi llanto, cómo vibra el aire cuando hablo a mil por hora. 
Me gustaría salir de mi cuerpo y conocerme. Observar todas esas cosas que quiero saber de mí, y que no puedo notar desde adentro. En mi opinión, eso es lo más copado de ser actor. Que podés verte: podés verte caminar, podés verte reir, podés verte correr, cantar, mimar, llorar, sentarte, saltar, ser la más santa o la más hija de puta. Podés conocerte desde una óptica que de otra manera no alcanzarías nunca. 
El espejo es un buen amigo en ese sentido. A través del espejo, sé exactamente cuál es mi color de ojos, conozco la forma de mi boca, veo el ángulo de mi nariz, el tamaño de mis cejas. Pero yo creo que la mejor manera de verte a través de los ojos de los demás, es buscarte en su mirada. Cuando la gente te mira hay muchas cosas que cambian según la impresión que causás. Está en cada uno ser más o menos perceptivo con ese tipo de cosas. Yo a veces percibo bien esas pequeñas "señales": los ojos se abren más o menos, las pupilas se dilatan o achican, la cabeza se tuerce o se endereza, los brazos se acercan o se alejan de vos. La boca dibuja muecas de acuerdo con la sensación que le provocaste a esa persona. Ok, no es tan alevoso como lo describo. De hecho, me cuesta muchísimo y la mayoría de las veces termino pensando cualquiera. Además, no es una fórmula matemática, no me paso la vida observando las pupilas, los brazos y los labios de la gente; es más que nada una impresión. Pero es que esas cosas que dice la Cosmo sobre lenguaje corporal, después de todo, son un poco ciertas. El cuerpo habla. Y la mirada también.
Sólo espero que mi mirada no sea tan transparente como la que busco en los demás. Sería como un libro abierto, y eso no sé hasta qué punto es copado; es lindo saber lo que el otro piensa con sólo mirarle la cara, pero también está bueno el misterio.
Y ahora me retiro a dormir una siesta, que es algo que cada vez odio un poco menos. 

miércoles, 19 de mayo de 2010

Sacarte los colores

Blanco y negro contrastan. Negro y blanco también. Cuando tengo un día blanco y negro, veo todo más objetivamente, puedo analizar mejor las cosas. Son los días más racionales que tengo. Durante un día en blanco y negro las cosas resaltan más, se ven mejor, me llaman la atención de una manera que con otros colores sería imposible. Y eso me ayuda a pensar. 
Cuando algo se ve borroso y le saco los colores, sus límites se definen: hay una línea que divide una cosa de otra. Cosas que pueden ser la fantasía y la realidad, lo bueno y lo malo, lo útil y lo insignificante. 
Veo las cosas más claras porque les saco toda emoción, todo sentimiento, toda sensación. Miro hechos, y no ideas. Y por eso puedo definir mejor ese tipo de cosas. Puedo separar lo que es de lo que creo, lo que pasa de lo que siento, lo que soy de lo que pienso que soy. Puedo empezar a ver y analizar en lugar de imaginar y crear. Porque después de todo, las sensaciones son cosas que uno va creando, no son algo que cae del cielo y oops! aparece dentro de uno. Son una construcción de cada persona. Podés llamarlo persona, alma, mente, encéfalo, esencia fundamental, corazón, personalidad, o como quieras. Pero creo que vas a estar de acuerdo conmigo en eso. 
Por eso, en un día en blanco y negro puedo discernir qué emociones fui creando, y hasta quizás puedo encontrarles una razón. 
Pero más allá de todo lo que veo, de lo que soy capaz de descubrir o analizar fríamente, lo increíble es la manera en que puedo racionalizar todo eso que en cualquier otro momento me hubiera hecho sentir de algún otro color. Puedo trascender las emociones, puedo incluso trascender los pensamientos. Ya no tengo mil voces en mi cabeza diciéndome qué tengo que hacer, cómo me tengo que sentir, qué tengo que creer. En esos momentos me siento libre, pero libre de verdad. Es una libertad más grande que todas las libertades que puedo experimentar de cualquier otra forma: es una libertad única, absoluta. Es casi irreal. 
Como dije al principio, blanco y negro contrastan. Pero también pueden fundirse en una armonía tan perfecta que sólo de verlos da placer. Y de eso se tratan mis momentos en blanco y negro.

martes, 18 de mayo de 2010

Rayo igual idea

Estaba mirando el cielo y algo cambió de golpe. ¿Había sido un rayo cruzando las nubes? No, había sido un pensamiento cruzando mi cabeza. Que en mi opinión es algo muy parecido. "Qué locuras hace la gente por amor". Esa fue la idea que cortó la calma del momento. Y lo empecé a pensar, pero a pensar en serio: realmente, qué cosas locas uno escucha por la vida, y la justificación de esas locuras siempre es algo parecido a la palabra amor. ¿La gente es loca o la gente enloquece? Y hablo de la gente porque nunca hice nada muy loco o arriesgado por amor; de hecho creo que nunca amé, ¿cómo podría...? En fin, decía, yo creo que la gente necesita una excusa para hacer locuras, porque sino sería muy mal visto. Y el "amor" es una excusa lo suficientemente buena como para hacer cualquier cosa. O así se ve desde afuera.
Después de todo, todos estamos un poco locos. Sólo hace falta que te deje de importar por un milisegundo lo que los demás pensarían si... Y ya está: hiciste la locura, y la disfrutaste. Y quizás alguien te señale con el dedo, pero lo más probable es que las personas se rían con vos. Que, como todos sabemos, no es lo mismo que de vos. 

La idea de este post era así, cortito, sólo una opinión sobre la locura que me surgió mientras miraba el cielo. 
Y me voy, me voy a seguir escuchando los recuperados cds de Carla Bruni que tanto extrañaba y a ver si en algún momento junto ánimo y estudio un poco aunque sea, y a ver si después también junto ánimo para cenar. En definitiva, me voy a ver si junto ánimo, porque otra no me queda. 

Hijos del rigor

A mí me encanta andar a caballo. Pero me gustan los caballos de club, o los de familia, y no los de alquiler (como los que están en la playa, por ejemplo), que no quieren alejarse de sus dueños y galopan si y sólo si están volviendo a su lugar de descanso. 
En ese sentido, creo que soy como un caballo de alquiler: necesito una gran amenaza -o una gran recompensa- para salir al galope. Si no, voy al paso por la vida; quizás en algún momento salgo al trote y en otro freno al costado de la ruta, pero no me apuro.
Y no se aplica sólo a la velocidad a la que vivo. Se aplica al esfuerzo que imprimo en lo que hago, a mis relaciones con las personas, a cuánto me muevo por conseguir lo que quiero, a la intensidad con que vivo los momentos. Se aplica, en definitiva, a mí, tanto a mi forma de ser como a mi forma de hacer
En ese sentido, creo que todos somos como caballos de alquiler: por más fuerte que te peguen, si no querés correr no siempre vas a hacerlo, y por el contrario, por mucho que te tiren de las riendas, cuando estás llegando a donde querías, vas a galopar. Claro que la manera de recorrer el mientras tanto, cuando ya te alejaste del descanso y todavía falta para volver, varía mucho de persona a persona. Yo digo que soy como un caballo de alquiler porque a veces necesito un buen fustazo para empezar a trotar. Habrá gente más sensible a eso, que ante un golpe más chiquito ya sale al galope; y habrá también gente que necesite de incentivos más intensos que los que necesito yo.
En fin, en eso andaba pensando hoy. 
Y ahora me voy a estudiar, que si no empiezo ahora no empiezo más. Y biología y sociedad y estado no es una buena combinación.

lunes, 17 de mayo de 2010

Pilas y sonrisas

Digas lo que digas, yo me siento verde. Pero ese verde, verde manzana, ese que casi hace mal a la vista. Dinámica, osada, fresca, audaz, efervescente, impulsiva, llena de energía; esa soy yo ahora. Quizás es real, o quizás es una máscara. O quizás no sea nada, no sé. Pero yo, verde manzana. Así, eléctrica, ecléctica, una nebulosa de movimiento, chispas y explosiones, y muchos, muchísimos colores más. Soy sonidos, soy oídos, soy ojos y movimiento, soy un corazón que late, soy el viento que sopla, soy las olas del mar. Soy cíclica, pero impredecible. Soy, en definitiva.
El verde es un retoño que nace y busca el sol, y eso es mi humor, un brote verde que busca ser amarillo. 
Podría definir al verde manzana como "estar con pilas". Pero no es sólo eso, es estar con pilas y con ganas de sonreir, y con ganas de hacer cosas, no es sólo "no tener ganas de no hacer nada", sino "tener ganas de hacer algo".
En fin, además de con pilas, estoy atrasada en lo que tengo que hacer, así que esta entrada va a ser cortita.
Ahora me voy a escuchar música (todavía no decidí qué) y a hacer lo que necesito para mañana, que no es poco. Saludos.

domingo, 16 de mayo de 2010

La teoría de los mundos propios

Te acordarás (o no, por eso lo repito ahora) que empecé el día diciendo que me sentía azul. Azul porque estaba triste. Aunque no lo creas, ahora me siento amarilla. Amarilla por feliz, por eufórica, por dinámica, por libre.
Porque sé que hoy, como siempre, como nunca, puedo estirar las alas, y puedo elegir hasta dónde llegan, y hasta dónde llego yo, y sí, hay quien dirá que estoy loca, pero sí, puedo volar. El mundo es mío. Siempre lo fue. Tengo la teoría de que el mundo es de cada uno. Muchas veces dejo de avalar esta teoría dentro de mí, porque es un poco solitaria. Es algo como: mi mundo es mío. El mundo de cada uno, es de cada uno. Yo creo que nadie existe, sólo yo, y el mundo es una construcción mía. Ahora; no es que yo sea la única que hay ni mucho menos. Yo creo que esto es lo que va haciendo cada uno. Cada uno está solo en el mundo. Cada uno es el único que existe. Y esas realidades se van superponiendo, y de repente surge esta realidad en la que todos estamos metidos. Pero a la vez, en la que nadie existe si no es solo. Aún con la ilusión de que hay un "resto del mundo". No sé si creo que esto sea verdad; de hecho, no creo que lo sea. Pero es una teoría, y si no pruebo que está mal, no tengo por qué decir que esté mal. Es sólo una idea. 
Volviendo al principio, te conté esta teoría que tengo porque te dije que tengo alas, que soy libre y puedo estirar mis alas y salir volando. Y lógicamente, no te lo estoy diciendo en el sentido literal, pero eso no quita que sea cierto. Todos podemos volar, las alas están ahí; sólo hay que aprender a verlas. Puedo salir a la calle y adueñarme de lo que yo quiera. Si veo un auto que me gusta, entonces va a ser mío; y si un perro mueve la cola, voy a copiar esa vida; y si alguien me llama la atención, puedo hablarle, puedo quedármelo. Puedo, porque digo que puedo. Y creo que ese es el secreto para sentirse amarilla. Porque amarilla equivale a eufórica, y este tipo de poder produce eso: euforia. La euforia de ser dueña del mundo. Pero no dueña de esas que van a salir a explotar todo lo que hay en la superficie de la Tierra; porque me gusta mi mundo y quiero cuidarlo. Soy dueña del mundo, porque decido que es mío. Hoy lo decido. Hoy te lo cuento. Y espero que estés de acuerdo conmigo, que así como yo soy dueña de este mundo, este mundo desde el que estoy escribiendo en este momento, vos sos dueño del tuyo. Podés escribir, podés tejer medias de lana, podés salir a caminar o ponerte a tomar sopa con pajita. Es tu mundo, aprovechalo: todo está permitido, porque tus reglas las ponés vos.
Yo, me voy a poner mis reglas. Y a encarrilar esta euforia. 

Algo sobre mí

Tengo personalidad adictiva. Y eso es un problema. Ya no importa a qué; me hago adicta a las cosas, a las personas, a los olores, a las sensaciones, a los colores... Me hago adicta. Y, para rematarla, me aburro muy fácilmente. Es difícil que yo termine algo que empecé; siempre encuentro algo mejor que hacer cuando estoy por la mitad, y en eso queda todo: en una mitad incompleta, en un pedazo de algo que espera que lo terminen, en una idea, un proyecto, un esquema, un plan. Ahora bien; hasta ahora esto no presenta muchos problemas. Pero... ¡andá a combinar las dos cosas, dentro de una misma persona!
Y de ahí salgo yo. Tengo personalidad adictiva y me aburro muy fácil. ¿Todavía no ves el problema? Te lo voy a mostrar con un ejemplo.
Una vez me compré un cd de Bob Marley, un cd que si el sábado viniste a mi cumpleaños escuchaste porque Marquitos lo puso. Es un cd con sus "grandes éxitos", esa tramoya que lanzan las discográficas para vender más discos sin tener que esperar a que los artistas produzcan más obras. En fin; hace bastante tiempo ese cd no era mío, yo iba caminando por la calle cuando entré en un negocio y me lo compré (¿te acordás de ese momento en que todavía comprábamos, muy cada tanto, algún cd?). Llegué a casa, cansada; me saqué las zapatillas, puse el cd, posiblemente tomé un Nesquik mientras lo escuchaba, posiblemente hice un poco de tiempo, porque, en ese momento en el que compraba cds muy cada tanto, todavía no tenía banda ancha y me cobraban cada vez que me conectaba a Internet (sí, dial-up). Y en algún momento de esa tarde el cd terminó. ¿Qué hubieras hecho vos? Supongo que sacarlo y poner otro cd, o la radio, ¿me equivoco? Yo puse play de nuevo. Sí. Y volví a escuchar el cd. Y, aunque te cueste creerlo, cuando terminó de nuevo, volví a apretar el fatídico botón con la flechita una vez más. Estuve así, escuchando el famoso cd de Bob Marley, durante varias semanas. Y un día, como todos los días de esas semanas, llegué a casa, me saqué las zapatillas y puse el cd. Y descubrí que ya no me gustaba. Es más; no sólo que no me gustaba, sino que no podía seguir escuchándolo. Me parecía feo y aburrido. Un cd de Bob Marley, sí. Y no pude escuchar ese cd durante varios -muchos- meses. 
Este ejemplo es sólo un ejemplo tonto. Pero me pasa con miles de cosas. Me pasa con los gustos de helado, con los caramelos que me gustan, con la música que escucho, con las actividades que hago, con los juegos que juego, con las cosas que pienso, y con las personas. ¿Vos sabés lo deprimente que es estar pensando día y noche en alguien (o alguienes, ¿por qué no?), no poder dejar de hacer planes y organizar cosas y pensar "y si..."? Es frustrante cuando te das cuenta de que si no fuera por esa o esas personas, no harías nada durante esos días. Pero eso no es lo peor. Lo peor es cuando te saturás de esa gente. Cuando te volviste tan adicto a esa persona, o esas personas, que ya no las querés ni ver en fotos. 
Pero ahora entra en juego otra hermosa característica de mi personalidad: hay veces en las que me cuesta mucho decir que sí, y hay veces en las que me cuesta mucho decir que no. Y generalmente, casi siempre, se dan al revés de como deberían. Es decir, cuando debería decir "sí" me sale sólo "no" y viceversa. Volviendo a la cuestión de la gente, una vez que me saturé de alguien o alguienes, como decía, no quiero ni verlos en fotos, pero entonces tengo esta maravillosa parte de mí que me dice "no le podés decir que no". Y entonces me dice esta persona x, "¿Querés que vayamos a ..........?" Y yo pienso dentro mío ¡no por favor! y me sale un estúpido "Dale, ¿a qué hora?". 
Es feo no controlar las respuestas. Es feo no saber decir que no. También es feo no saber decir que sí, pero eso es otro tema. El problema con el sí no viene cuando me saturé de la persona en cuestión, el problema es cuando sigo adicta. Me cierro en mí misma y no digo que sí. Y cuando ya no quiero decir que sí y no me preocupa que esas dos letras salgan de mi boca -la S y la I, a esas letras me refiero- es cuando se me complica el no.
A veces dudo si no vivo al revés.
Después de dos segundos lo confirmo y me siento mejor... aunque no debería, ¿o sí? Pero... ¿importa?

Nubes [un paréntesis en medio de este color]

Me pierdo en un nebulosa que no sé explicar; son mis deseos, ¿o serán mis pesadillas? O tal vez son mis miedos...
Me envuelve la nube, me asfixia, espero poder respirar unos cuantos minutos más.
Estoy al lado de toda la gente que quiero, en donde quiero estar; qué lástima que la nube venga a matarme justo ahora que estoy feliz...
Espero poder respirar por algunos minutos más, los suficientes para poder decirles a todas estas personas: quién soy yo, quiénes son ellos, qué relación nos une, y por qué.
Me gustaría poder hablar con cada uno por separado... pero son muchos, así que creo que voy a tener que hacer un discurso generalizado.
Voy a aclararme la garganta.
"Señores", voy a decir, "hola. Tengo una nube que me rodea, no sé si la ven. Quisiera decirle a cada uno quién soy, quiénes son ustedes, qué relación nos une y por qué. Pero no creo tener tiempo. Ustedes son muchos. Por eso voy a decírselo a todos juntos. Soy una simple mujer, que como todos nace y muere. Nací hace mucho, y muero hoy. Pero el tiempo que viví, fue bueno, en parte gracias a ustedes. Y ustedes son gente que, como yo, nacieron y van a morir, pero que, creo, su tiempo es bueno. Espero tener algo que ver con eso. Son gente que fui juntando por la vida y que me fue juntando a mí; que formamos un grupo y acá estamos. No creo en el destino, pero algunos de ustedes sí. Ellos creerán que fue él quien nos juntó. Yo creo que fueron casualidades. Sea como sea, estamos juntos hoy. Gracias", y con eso, una vez dicho, voy a poder dejar que la nube entre por mis pulmones e invada mi corazón.
Pero no llego a decirlo. La nube se va. Desaparece.
No sé por qué se fue, pero me pone contenta que sea así.
Ya no tengo la necesidad de despedirme de toda esta gente porque sé que no estoy muriendo. Pero se me ocurre que puedo decirlo igual. Siempre es bueno saber que a uno lo quieren. Ahora que lo pienso, no iba a decir que los quería. Voy a mencionarlo.
Por eso, lo digo. Lo digo todo. Pero esta vez, voy a hablar con cada uno por separado. Total, ahora tengo tiempo.
"Señores", digo, "los quiero".
Y empiezo a acercarme, despacio, a la primera persona para terminar, horas después, por la última.
Ahora están avisados.

La nube volvió diez minutos después de terminar de hablarles. No me importó morir; ellos sabían mi verdad. Los quería. Los quiero.

Momentos

Hay días y días. Hay días grises, días negros, días rojos, días amarillos, así como hay días de lluvia, días soleados, días nublados... Es algo natural. El ponerles colores es algo mío, pero todos lo sabemos, lo llamemos como lo llamemos: días tristes, días felices, días más o menos, días tranquilos, días eclécticos, días activos; días con energía positiva, días con energía negativa, días con energía creativa; días productivos, días paja, días... y días. Los días pasan, y uno generalmente no lleva el registro de cuáles de sus días fueron grises y cuáles fueron violetas; pero los días son, te des cuenta o no. Y como yo tampoco los registro uno a uno, me pregunto: ¿cómo será el balance de mis días? En un año... ¿cuántos de mis días habrán sido felices? ¿Cuántos habrán sido tristes? ¿Cuántos días habrá llovido y cuántos habrá habido sol? Este blog es también un poco de eso, poder sacar un balance de mis días. O más que de mis días, porque 24 horas es una medida arbitraria, de mis momentos. ¿Te das cuenta de todos los momentos que vivimos? Son muchísimos... ¿podremos contarlos? No creo. ¿Cómo te das cuenta de que termina un momento y empieza el otro? ¿Podés darte cuenta? Yo creo que no se puede... Pero aún así, cada entrada del blog es un momento diferente. Porque entre entrada y entrada pasan cosas diferentes.
Volviendo a lo que me impulsó a escribir, que es básicamente el contraste entre un día y otro, o, mejor dicho, entre un momento y otro, me parece increíble cómo de un instante al siguiente tantas cosas pueden cambiar. Sea porque el auto frenó diez centímetros antes, o diez centímetros después; sea porque justo cuando pasaste por ese bar una columna tapaba a tu novia que estaba con tu mejor amigo, o justo cuando pasaste no los tapaba; sea porque pasaste dos segundos después de que "alguien" levantara el billete de dos pesos de la calle, o dos segundos antes; la cuestión es que, sea en cosas super grosas o en cosas mínimas, muy mínimas, el cambio que generan esas coincidencias que van ocurriendo, sea inmenso o ínfimo, es. Es cambio. Y una vez que algo cambia, cambió. Podrá ser reversible o no. Pero que cambió... ya está hecho. Y son pequeños instantes, encuentros o desencuentros, que si los midiéramos en probabilidades quizás serían de una en cincuenta y cinco mil millones, pero pasan igual. Y son cosas que, mucho o poco, para bien o para mal, te cambian la vida.
No sé qué color tendrá el cambio. No creo que tenga un solo color; el cambio es más como una transición, porque es eso, es cambio. Así que va a ser multicolor. (Pensé en poner una letra de cada color... pero me dio mucha paja).
Me voy a seguir escuchando The Rasmus, y, como bien dijo Manu, relajarme. Después de todo, de alguna manera y como todos nosotros... me lo merezco, ¿no?

De tréboles con cuatro hojas

No soy lo que se dice una mujer con suerte. Más bien me considero bastante yeta. Sea como sea, estaba pensando: ¿quién inventó un concepto tan extraño como la suerte? ¿Qué es la suerte? ¿De qué color sería? Personalmente la encasillaría en el verde, por asociación con el trébol de cuatro hojas. Pero... ¿quién decidió que el trébol de cuatro hojas es símbolo de suerte? ¿Por qué? Y sobre todo... ¿para qué?
Mi conclusión fue que un concepto tan bizarro como el de suerte fue inventado porque era necesario. Porque hay gente que necesita ideas como esa. Si la vida fuera tan lineal... vamos, sería un embole. Conceptos como suerte nos alegran el día, nos hacen tener esperanzas, ilusiones... "Si tengo buena suerte lo veo esta noche". "Tengo buena suerte, me encontré 10 pesos en la calle". Y, por el contrario, cuando pasan cosas malas, es un refugio. "Perdí 100 pesos... Es mala suerte". No es que sos un boludo y no sabés guardar 100 pesos, no. Es la mala suerte. Qué concepto conveniente para gente torpe como yo. "Me golpeé, de nuevo. Mala suerte". Ni hablar de las cosas que son mala suerte pero que convertimos en buena suerte para sentirnos mejor. No, no me expliqué bien, acá va el ejemplo: "Pisé mierda, uh, buena suerte".
Es curioso. Yo decía que la suerte nos hace esperanzar... El verde es el color de la esperanza. ¿Tendrá algo que ver, o será pura coincidencia? Sea como sea... no me siento verde ahora, pero esta nota es definitivamente, verde.

Después de todo la vida es siempre azul

Esta es la segunda entrada del día. Tenía pensado hacer una por día, o mejor dicho, una por humor, porque como quizás ya adivinaste, los colores van a representar mi estado de ánimo.
Pero, después de publicar la entrada anterior, empecé a darme cuenta de un par de cosas.
Primero que nada, el azul no es sólo mi color favorito como dije antes. El azul es casi mi estilo de vida. Primero vayamos a lo físico: amo la ropa azul, y dentro de la poca ropa que tengo, mucha es de ese color; en mi baño hay 4 cepillos de dientes, 2 están por mí y otros 2 por mi mamá: los 2 que están ahí por mí, son azules. Además, tengo un desodorante azul, una crema azul, un bloc de notas azul, en este momento tengo puesto un buzo azul, y demás cosas que me hicieron dar cuenta de eso: el azul es mi estilo de vida.
Ya si voy a mi "estilo de vida" propiamente dicho...
Bueno, ayer estábamos jugando a que estábamos en un grupo de autoayuda cuyo tema era la melancolía. (Sí, yo juego cosas raras, ¿y qué?) Cuestión que mi "personaje" se llamaba Sofía y, casualmente, era adicta a la melancolía. ¿Viste cuando dicen que todo chiste encierra una verdad? Yo creo que está mal hecha la generalización "todo chiste", pero sí es cierto que la mayoría se dicen por algo que es cierto. Y creo que con los juegos pasa igual. Todo esto viene a cuento por lo siguiente: creo que yo, como persona y no sólo como personaje de un juego jugado cuando todos estábamos limados a las 4 de la mañana, soy adicta a la melancolía. Pensalo así: no puedo estar contenta por más de media hora, porque me agota. Y tengo la teoría de que en mi subconsciente, cuando estuve contenta por mucho tiempo, se activa la tristeza, y me pinta el bajón. Yo tengo la teoría de que mi subconsciente es adicto a la melancolía, a la tristeza.
Yo lloro muy fácilmente. Un día alguien me dijo "te quiero" y eso me hizo llorar. No, es en serio. Creeme que es verdad. Mi cabeza encuentra razones para llorar muy seguido, mucho más seguido de lo que yo quisiera. A mí no me gusta llorar, me hace sentir impotente, vulnerable, frágil, y, por qué negarlo, tonta. Además del hecho de que sé que cuando la gente real llora no se ve como en las películas. A nosotras, las mujeres reales, cuando lloramos se nos corre el maquillaje, se nos ponen los ojos rojos, la boca se nos tuerce en una mueca espantosa, los agujeritos de la nariz nos flamean, y los hombros se contorsionan casi rítmicamente con unos espasmos que nunca entendí de dónde salen, si del pecho, de los hombros, de la espalda, o de dónde. Por todo esto, no me gusta llorar. O mejor dicho, no me gusta que me vean llorar. No me gusta que alguien sepa que estoy llorando. No me gusta estar triste... Pero creo que si vamos a mi cerebro físico, y no a mí, como persona, escribiendo esto, la historia es otra. ¿Sabías que la gente se puede volver adicta a la depresión? Si bien no me gusta que alguien sepa que estoy llorando, o que alguien me vea llorar, cuando lloro sola es distinto. Obviamente, mientras estoy llorando lo único que deseo es ser feliz y que toda esta yeta se le pase a otra persona porque yo ya me cansé, no sé si es que yo pido demasiado, o que soy muy torpe y arruino todo, o si simplemente existe un dios, y me detesta; no sé cómo es la cosa, lo que sí sé es que al final, las cosas nunca salen como yo quiero, y mientras lloro también quiero dejar de llorar porque las lágrimas me molestan, los ojos me arden, la nariz también, me estoy por terminar otro rollo más de papel higiénico, y encima si suena el teléfono cómo disimulo esto, la voz quebrada, la nariz tapada... En fin, mientras lloro, todo lo que quiero puede resumirse en "dejar de llorar". Pero... cuando todavía no estoy llorando, y siento esa sensación de que "estoy por", lo único que deseo es empezar a llorar de una vez. No viene a mi mente el querer estar contenta en ese momento, sólo querer llorar. Por esto afirmo una vez más: que creo que soy adicta a la depresión, que a fin de cuentas es hermana de la melancolía.
Habiendo dicho esto, me retiro a seguir escuchando Incubus y posiblemente a jugar un juego de Carta Blanca, mientras tengo la esperanza de que milagrosamente "algo" me haga descubrir lo que no sé: qué coños hacer con mi vida.

Películas clase b

Para escuchar la canción que se identifica con mi día, hacé clic acá.

Hoy me siento azul.
¿Por qué no? El azul es mi color favorito. Y además hoy me siento triste.
En inglés, para decir que están tristes, dicen "I'm feeling blue" (literalmente, me siento azul). Entonces, ¿por qué yo no voy a decir que me siento azul? Sí, señores. Hoy me siento azul.
Dicen que el color azul es un color melancólico. También dicen que representa serenidad. Y yo me pregunto, ¿qué tanto tiene que ver la melancolía con la serenidad? No voy a negar que están relacionadas, pero, ¿qué tan relacionadas están? Yo, por ejemplo, hoy estoy melancólica, pero no me siento serena.
Decía que me siento melancólica; de hecho, mi cabeza parece una película de clase B, donde por la mente del protagonista pasan flashes felices de su vida, con una música lenta de fondo, preferentemente donde el amor de su vida está al sol, riendo a carcajadas y con el pelo al viento, y de repente, pum, pasan los flashes tristes, donde empieza a sonar música de violines y las escenas aparecen muy iluminadas, casi que molesta verlas. Así está hoy mi cabeza, dándome vueltas, dándole vuelta a los hechos, sin entender y sin animarse a intentar entender.
Más allá de mi tristeza, aquella tristeza que hoy me hace decir que me siento azul, yo creo que las vidas de todos nosotros son un poco como una película. Tienen sus momentos de película de acción, cuando, por ejemplo, corremos el colectivo y sentimos que no llegamos y ah falta una cuadra y nos duelen las piernas y corremos y tenemos miedo de que la mochila esté abierta y que se nos caiga algo a la calle y de repente UF lo alcanzamos y pedimos el boleto, agitados y con una gran sonrisa. En esos momentos, mientras corremos, sonaría rock, por ejemplo. Otros momentos son de comedia romántica, cuando, por ejemplo, le das un beso a alguien y te quedás mirándolo a los ojos y pensás "¿Realmente me está pasando esto?" y le decís algo cursi, y te responde algo cursi, y los dos sonríen y se siguen besando. Para este tipo de escenas, la música de piano es la favorita. Y después tenés los momentos de drama, cuando viene ese bombón al que besabas en la escena anterior (el de la parte de comedia romántica, ¿te acordás?) y te dice algo así como que... te quiere... pero no puede seguir con vos... porque... (y esta parte nunca la entendés)... y te pide perdón, y vos quizás llores, o no, y quizás él llore, o no, y quizás te vas corriendo sin decir nada, o quizás te quedás horas mirando fijo el último lugar donde lo viste después de que te dijo eso, o quizás le decís alguna frase hecha, como "Ok, no te preocupes, voy a estar bien" o alguna otra boludez así y te vas a tu casa y por cuatro días tu rutina pasa a ser levantarte - llorar - lavarte los dientes - llorar - desayunar - llorar - volver a la cama - llorar - mirar fotos viejas - llorar - seguir llorando - atender el teléfono, intentando disimular las lágrimas, que te pregunten "¿estás bien?" y zafar de alguna manera milagrosa de tener que explicar que te quiere pero te dejó porque no puede estar con vos por algo que no entendiste pero que vos igual vas a estar bien, para volver a tirarte en tu cama a llorar un rato más - y para cuando te das cuenta de que estás llorando mucho... vas a hacer la cena, porque ya es de noche, y llorás mientras comés, y te acostás llorando. Para estas escenas, la música por excelencia es toda la música que tiene buenos bajos, sea en el instrumento que sea, si tiene buenos bajos y un tempo lento, muy lento, sirve. 
Sí, escribí mucho sobre la parte de drama... ya aclaré que estoy triste.
Ahora me voy a seguir intentando descubrir qué hacer con mi vida.