Correr es una terapia. Es dejar todo atrás, y a la vez es acercarte cada vez más a algo. Es tanto soltar como abarcar. Es conservar y dejar ir, en su forma más pura, menos contradictoria, más natural.
Cuando corro, pero cuando corro en serio, cuando el mundo se vuelve borroso y lo único que veo es el objetivo, porque lo demás se mueve a una velocidad vertiginosa, me siento libre de verdad. Siento que soy yo, y a la vez siento que soy todo. Soy todo lo que puedo, soy todo lo que quiero ser. Corro, o más que corro, vuelo. Miro, pero no veo. Y veo, pero no miro. Cuando corro, todo se detiene y todo se acelera. Se detiene mi vida, se detiene el tiempo, se detienen mis pensamientos. Pero a la vez, el tiempo y la distancia pasan más rápido, y pienso con más velocidad que antes, y hasta con más claridad. Y a pesar de que cuando voy corriendo las cosas a mi alrededor se ven borrosas, dentro de mi cabeza todo toma forma, y los límites se definen, y las líneas se ven nítidas, separan y contienen y son, en definitiva, lo que deben ser: líneas, en lugar de manchas confusas. Todo esto pasa mientras corro. Por eso digo que correr es blanco y negro, pero a la vez es amarillo. Por eso, por única vez, voy a clasificar una entrada con dos etiquetas a la vez. Porque sí, es blanco y negro, es claridad y definición del pensamiento, es objetivación, pero a la vez es amarillo, es euforia, es una explosión de vida que me impulsa a seguir corriendo.
Está bueno correr. Pero no hablo de trotar. Hablo de picar, de dejarlo todo, de superarte a cada paso y sentir que no podés ir más rápido, y a cada pisada descubrir que sí podías. Es una sensación tan real como reconfortante. Es la magia de la velocidad.

Leave aside all your problems, all your preocupations, just run...
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