En esencia es una frase simple, pero realmente encierra una gran verdad. ¿Qué extraña magia será? La que hace que querer a alguien, sea desear que te quiera, sea hacer lo (im)posible por causarle una sonrisa. Que sentir que alguien te importa hace instantáneamente que su felicidad sea importante. Porque cuando querés (o al menos cuando querés sanamente) no te alcanza con que el otro esté cerca tuyo; necesitás que esté cerca tuyo por su propia voluntad. Querés que te quiera de la misma forma y con la misma intensidad que vos.
Hoy no fue un mal día. Compré y armé el regalo para un amigo (y me sentí muy bien al hacerlo, esto de regalar te hace sentir muy buena persona), vi a una amiga, y, aunque a la mañana tuve un momento de bajón (muy bajón, en realidad), la tarde lo remontó. Salir a la calle hace bien. Lo digo en serio. Cuando estoy deprimida y me quedo en casa, termino deprimiéndome más por el simple hecho de que no estoy haciendo nada para des-deprimirme. Pero salir a la calle despeja: es el aire pegándome en las mejillas, es el cielo que se refleja en mis ojos, es el cielo que se refleja en los ojos de los demás. Es la vida, que se mueve por las calles, y lo invade todo. Es el sonido de una carcajada, es el ladrido de un perro, es la voz de una señora viejita que agradece a alguien que le cedió el asiento en el colectivo, es ese par de ojos del que no podés desclavar tu mirada, es la música que se escucha desde adentro de un negocio; son los colores de las golosinas en el kiosco, es la dinámica de la gente caminando, corriendo, apurándose o haciendo tiempo, paseando, mirando, saltando charcos o protegiendo sus ojos del sol. Es la ciudad, que con su movimiento me saca de mi letargo y me obliga a andar.
Por eso no voy a dejar que el gris de mi mañana tiña mi día entero, que merece ser verde manzana. Sí, verde manzana. Como lo es una parte del papel que envuelve el regalo de Gon.

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