sábado, 5 de junio de 2010

Todos tus muertos

Es curiosa la vida. Y así también es curiosa la muerte. Pero no hablo de la muerte como el fin de la vida de uno, sino como un suceso que se vive. No, no fui clara: me refiero a cuando, por ejemplo, se te muere alguien cercano. A todos nos pasó alguna vez (y sino, o estás muy solo o tenés demasiada suerte, hermano). Pero a lo que voy es a que nunca sabés cómo tomarlo. Hoy caí en una crisis, y una de las cosas que me puso mal es que extrañaba a mi abuelo. Mi abuelo Carlos murió hace más o menos tres años, creo. Tuve tiempo de asimilarlo, me lo tomé de la mejor manera posible, y no lloré mucho. Pero hoy, después de mucho tiempo de no llorar por él (y quiero aclarar que no es que no lo haya extrañado), me cayó la ficha (como tantas veces): no está más. Nunca más un abrazo, nunca más bailar juntos, nunca más un reto, nunca más una felicitación, nunca más un saludo, nunca más mi abuelo Carlos. Lo que queda de él son fotos, palabras, recuerdos, objetos, sensaciones, sentimientos. Pero él, ya no más. Y fue el cumpleaños de mi abuela. Yo no sé si eso tendrá algo que ver con que el recuerdo de mi abuelo bailando conmigo me hiciera tanto mal; más que el recuerdo, la certeza de que nunca va a repetirse. Yo no sé por qué hoy crisis. Sólo sé que crisis al fin.

Fue un día azul, azul como pocos: me dolía la cabeza, tenía el estómago revuelto, y no podía parar de llorar. Y muchas cosas me hicieron pensar en muchas otras cosas. Fue un día de reflexionar, sobre mí, sobre mi vida, sobre qué carajo estoy haciendo con mi vida. Y no me gustó la conclusión. Estoy aferrada a personas más volátiles que una pluma, a cosas que se vuelan con el viento. No sé a dónde quiero ir, pero eso no es lo más grave. Lo más grave es que ni siquiera sé hacia dónde estoy yendo. No sé qué quiero pensar, qué quiero hacer, y no sé por qué hago lo que hago o por qué pienso lo que pienso. Y si nunca te pasó, permitime decirte que es una sensación de mierda. Es sencillamente estar andando en auto, sólo que con un pequeño detalle: no sabés ni dónde está el volante, ni dónde está el freno. Y por más que busques no los encontrás. Sí, podrás decirme, es fácil: buscás el manual del auto. ¿Querés las malas noticias? (Claro que no las querés, pero voy a dártelas igual.) La vida no viene con manual. Las personas tampoco. Si hubiese un manual de mí misma, claro que vivir sería fácil. Aunque por otro lado... ¿cuál sería la diversión?
A lo que voy es a que que se te muera alguien es una cagada. Siempre. Es lo más natural, es la única certeza que tenés: la muerte. Y aún así, todavía no aprendés a convivir con ella, y la llorás siempre que aparece. ¿Por qué no podés tomarla como un hecho más en la vida? Esa persona, claro, no está más. Sí, la vas a extrañar. Pero no es para tanto. A fin de cuentas, vos también te vas a morir; pero hasta que eso pase podrías disfrutar a las personas que te quedaron vivas en vez de llorar a tus muertos. Es mi humilde opinión. Y ojo, sí, es una crítica, pero es una crítica que intenta ser objetiva e imparcial, ya que, después de todo, también estoy juzgando mi propia actitud.
Y ahora me voy a seguir escuchando Red Hot Chili Peppers, posiblemente después a leer, y luego dormir, que tanta falta me hace últimamente.

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