Es raro escribir. Cuando encuentro a una persona que escribe, me resulta muy lindo. Saber que no soy la única loca que plasmo mis ideas en papel, o en este caso, en un código bizarro de ceros y unos. Pero además es raro. Es raro porque, primero que nada, hasta que no leés a una persona no podés siquiera imaginar qué cosas escribe. Además, cada persona tiene otra manera de documentar pensamientos. Están los grandes géneros, claro: gente que escribe poesía, novelas, obras de teatro, ensayos, cuentos, o delirios como hago yo. Pero dentro de un mismo género, y con la misma temática, aún así... Varía increíblemente de una persona a la otra.
Cuando hablás con una persona conocés su forma de pensar: podés ver qué palabras usa, si habla rápido o despacio, el tono de su voz, qué cosas está contando, sus gestos, etc. Y esa es la manera en que se organizan sus pensamientos. Pero cuando leés lo que alguien escribió, estás leyendo la manera en que ese alguien quisiera que se organizara su mente. Porque al escribir revisás lo que pusiste, lo vas cambiando, perfeccionando, hasta que estás satisfecho con lo que hiciste. En cambio cuando hablás, generalmente decís lo primero que te viene a la mente. No es algo que planées, al menos no tanto como al escribir. Pero cuando plasmás tus ideas por escrito para que alguien más las lea... Estás descubriendo lo más profundo que tenés, y que son tus deseos. La forma en que te gustaría pensar.
Y eso es conocer a alguien. Podrás saber mi color favorito, pero si no conocés mis deseos (y me refiero a deseos grosos, no de qué color quiero pintarme las uñas mañana a la tarde) no me conocés en absoluto. No quiero decir que no conozcas a una persona hasta que no leas lo que escribió; puede contártelo, por supuesto, y es lo que la mayoría intenta hacer. Pero que ayuda, ayuda. Y cómo.

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